Hay ciertas cosas para las que, a día de hoy, no estás en absoluto preparada. Y no me refiero a bodas, bautizos y comuniones, biberones pre y postcalentados o doce uvas en una familia que no sea la tuya. Si tu padre marca paquete con esos gayumbos negros nuevos. Si tu madre deposita sus condones del siglo III en el primer cajón de tu armario, entre bragas y sujetadores de encaje, porque ya no va a necesitarlos. Si tu primo produce cagarros de tamaño descomunal. Son cosas que no tienes porqué saber. Son cosas que no te hacen falta.
Pero por no hacer, tampoco hacen falta flores ni pétalos de rosa sobre el edredón y a lo largo del pasillo. Ni música antes de acostarse. Ni regalos en ocasiones especiales. Ni palabras perfectas susurradas al oído. Ni paseos nocturnos alrededor de un faro. Ni colchones blandos, ni menos blandos. No hacen falta. No. Porque tampoco sabes si estás preparada para ellos. Como tampoco estás preparada para decir la verdad y toda la verdad por miedo más a que no guste que a que guste demasiado. Para querer como habías olvidado que se podía. Para dejar de pensar y darle la vuelta a todo. Para que las cosas, de repente, sin saber cómo o porqué, salgan bien. Para que, sorprendentemente, esas cosas que no necesitas saber ni sentir...te gusten.
sábado, 16 de enero de 2010
jueves, 14 de enero de 2010
Conoces esa sensación. De repente una canción comienza a sonar de fondo. Quizás nadie la escuche. Y seguramente haya sido compuesta para eso. Pero el par de notas que consiguen saltar por encima de la multitud llegan a tus oídos, taponados desde hace tiempo. Desde que andas por las nubes. Por el cambio de presión. Y ese par de notas te elevan consigo. Más todavía. Sientes que flotas. Más todavía. Que los pelos de punta de tus brazos se convierten en alas. Que puedes alcanzar el cielo, las estrellas y la luna. Que cierras los ojos y puedes no sentirte solo. O sí. Pero con una sonrisa torcida de las que podrían significar un millón de cosas. Que, así, a oscuras y sin atreverte a abrir los ojos de nuevo, puedes sentirle cerca. Todo lo cerca que quieres. O no. Pero con una sonrisa torcida de las que podrían significar un millón de cosas, aunque sólo signifiquen una.
Yann Tiersen – Atlantique Nord
Yann Tiersen – Atlantique Nord
martes, 5 de enero de 2010
Mil [cuatro] años habría tardado en contar los lunares de su espalda. Cada una de sus pestañas. Los pelos rojos que pueblan de 'estrangis' su barba.
Las pelusas de su ombligo.
Los tres colores de su cuarto y su ritmo. Sus leones. Ensaladas. La mermelada de fresa [...] que prepara su madre.
Las estrellas de su cielo. Las ranas de sus noches. El blanco de sus pueblos. Las piedras y las olas de sus playas.
Mil [cuatro] años habría tardado en despertar a su lado. En desempañar el vaho de los cristales del coche. En quebrar el silencio que tapona oídos, que vuelca corazones, que lleva lejos, lejos...en horas y kilómetros...
Las pelusas de su ombligo.
Los tres colores de su cuarto y su ritmo. Sus leones. Ensaladas. La mermelada de fresa [...] que prepara su madre.
Las estrellas de su cielo. Las ranas de sus noches. El blanco de sus pueblos. Las piedras y las olas de sus playas.
Mil [cuatro] años habría tardado en despertar a su lado. En desempañar el vaho de los cristales del coche. En quebrar el silencio que tapona oídos, que vuelca corazones, que lleva lejos, lejos...en horas y kilómetros...
martes, 25 de agosto de 2009
Digamos que el verano inspira tirando a poco. Será que mientras tú te ves sumergido en un mundo de nubes de pelo de angora, tus ideas se van con el aire fresco y la horchata a tomar el sol en cualquier costa rocosa. Sin sombrillas pero oliendo a factor treinta. A hincharse de pulpo o rabas y cerveza bien fría. Será que salen de fiesta. De feria en feria del sur, de encierro a encierro en el norte. Corren y bailan. Gritan y saltan. Y cuando quieren volver a casa están demasiado cansadas. Se sientan a tu lado en la alfombra del salón y comentan la jugada sin el esmero que esperabas. Será que ahora duermen siestas de tres horas para recuperarse de la noche anterior. Preferirán aprovechar las horas sin luz, que antes no hay quien salga a la calle. Será que hasta los días que llueve el cielo sólo descarga sonrisas. O ganas de no pensar. Te paras, perdiendo la vista, y dejas que el ruido de granizo contra los toldos a rayas y los capós de coche sea lo único que inhunde tu cabeza. Digamos que el verano inspira tirando a poco. Será que este año, caso omiso a la crisis, es tu cabeza quien cierra por vacaciones.
domingo, 31 de mayo de 2009
domingo, 24 de mayo de 2009
Mi tía May.
Era del barça, profesora de matemáticas y monja. Sólo comía tortilla y tenía la lengua llena de grietas. Pero, aún así, me gustaba. Me gustaba mucho. Como la canción que suena cuando llamas al 3553, que aunque dé vergüenza reconocerlo, en el fondo, tiene su aquel. Como el par de películas que hacen que Nacho no esté del todo equivocado y que me tenga que morder la lengua cada vez que intento farfullar que el cine francés es una mierda. Como el pulpo, con sus patillas, ventosas, tres corazones y moco pringoso; grimoso manjar. Como una noche de pachanga cada seis meses. Como el tío que te deja clarísimo que solo quiere pasar un buen rato y que, a la mañana siguiente, sale por la puerta pero se queda en tu cabeza. Como los zapatos de tacón y el lápiz de labios rojo. Como cuando te achicharra el sol y se te empieza a pelar la espalda. Como los hombres con traje y corbata. Como el típico colega que nunca sabes ni cómo, ni cuándo, ni porqué, pero es y seguirá siendo tu colega. Como las duchas de agua fría. Como tantas cosas...pero más que ninguna. Me gustaba. Y ahora puede que yo no esté de humor, pero es que ella no está.
Y eso...
Y eso...
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